Every Little Thing Counts
Moss: the little forests beneath our feet
My daughter Yaretzi holds a small piece of moss-covered soil during a field trip. In this tiny fragment, a miniature green landscape reveals a world that often goes unnoticed: mosses growing close together, covering the soil surface and creating a habitat for other organisms.
Mosses may be small, but their ecological contribution is anything but insignificant. These ancient plants can cover enormous areas of the planet, including environments where trees and other vascular plants struggle to grow. A global study estimated that moss-covered soils occupy around 9 million square kilometres, an area comparable to that of China.
The benefits extend far beyond the green surface we see. Compared with bare soils, moss-covered soils can store and capture substantially more carbon. One estimate suggests an additional 6.4 billion tonnes of carbon per year, equivalent to more than six years of global emissions associated with land-use change. This figure highlights the potential importance of mosses in the global carbon cycle, although it should be understood as a study-based estimate rather than a universal rate applicable to every ecosystem.
Mosses also help shape the environment immediately around them. Their carpets can retain moisture, moderate soil temperature and reduce erosion. They support communities of microorganisms and small invertebrates, influence the decomposition of organic matter, and contribute to the cycling of nutrients such as nitrogen, phosphorus and magnesium. Some mosses, particularly Sphagnum, are especially important in wet environments where organic matter can accumulate.
Unlike trees and grasses, mosses lack the lignified vascular tissues that provide structural support to most familiar land plants. They do not need to grow tall to influence an ecosystem: their strength lies in covering surfaces, retaining water and creating favourable conditions for life at ground level.
Despite these functions, mosses remain less studied than many vascular plants, and estimates of their distribution and ecological effects still carry uncertainty. Protecting them means looking beyond forests and flowering plants to recognise the importance of the thin, green layer that can transform the soil beneath it.
Sometimes, understanding the planet begins with something small enough to hold between two fingers.
Ahora en español:
Musgos: pequeños bosques bajo nuestros pies
En la fotografía, mi hija Yaretzi sostiene una pequeña porción de suelo cubierto de musgo durante una salida de campo. Entre sus dedos aparece un diminuto paisaje verde: una comunidad de plantas que crece pegada al suelo y que, a pesar de su reducido tamaño, puede transformar el funcionamiento del ecosistema.
Los musgos son pequeños, pero su importancia ecológica es enorme. Estas plantas antiguas colonizan ambientes muy diversos, desde bosques y praderas hasta rocas y regiones frías donde otros vegetales encuentran dificultades para sobrevivir. Una estimación mundial sitúa la superficie cubierta por musgos en unos 9 millones de kilómetros cuadrados, una extensión comparable a la de China.
Su contribución va mucho más allá de cubrir el terreno de verde. Según una estimación científica, los suelos con musgos captan y retienen anualmente unos 6.400 millones de toneladas de carbono más que los suelos sin esta cobertura vegetal. La cantidad equivaldría a más de seis años de emisiones mundiales de carbono asociadas a los cambios en el uso de la tierra. Se trata de una estimación global, no de una tasa que pueda aplicarse por igual a todos los suelos y ecosistemas.
Los musgos también modifican las condiciones ambientales a pequeña escala. Sus tapices ayudan a conservar la humedad, moderan la temperatura del suelo y reducen la erosión. Además, proporcionan refugio a microorganismos, hongos y pequeños invertebrados, favorecen la circulación de nutrientes y pueden acelerar la descomposición de la materia orgánica. En algunos ambientes, los musgos del género Sphagnum desempeñan un papel especialmente importante en la acumulación de materia orgánica y carbono.
A diferencia de los árboles, los arbustos o las hierbas, los musgos carecen de los tejidos vasculares lignificados que permiten a las plantas vasculares crecer erguidas y alcanzar grandes alturas. Sin embargo, no necesitan convertirse en árboles para influir en el ecosistema. Su estrategia consiste en cubrir superficies, retener agua y crear condiciones favorables para otros organismos.
A pesar de estas funciones, los musgos siguen estando menos estudiados que muchas plantas vasculares. Todavía existen incertidumbres sobre su distribución mundial y sobre la magnitud de sus efectos ecológicos en distintos ambientes. Conservarlos exige, por tanto, ampliar nuestra mirada: no basta con proteger los árboles y las plantas con flores; también debemos prestar atención a esa fina capa verde que puede cambiar las propiedades del suelo bajo nuestros pies.
A veces, para comprender cómo funciona el planeta, basta con observar algo que cabe entre dos dedos.
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Creative Commons Attribution 4.0 International (CC BY 4.0) (opens in a new window)Credit: Antonio Jordán (distributed via imaggeo.egu.eu)
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